miércoles, 25 de enero de 2012

El síndrome de Prometeo

En el llamado “Apéndice de Perotti” se recoge una fábula de Fedro (15 a.C. – 55 d.C.) titulada “De la verdad y la mentira” que no tiene desperdicio:

Antiguamente, Prometeo, modelador de una nueva generación,
con sutil esmero dio forma a la Verdad
para que pudiera administrar justicia entre los hombres.
Llamado de pronto por el mensajero del gran Júpiter,
confió su taller al falaz Engaño,
al cual había admitido recientemente como aprendiz.
Entusiasmado éste con su trabajo, con el tiempo que dispuso
modeló con sus hábiles manos una estatua de igual rostro,
de las mismas proporciones y semejante a la otra en todos sus miembros.
Cuando ya casi la tenía perfectamente terminada, le faltó barro para hacer los pies.
Volvió el maestro; el Engaño, turbado por el miedo,
se sentó rápidamente en su sitio.
Admirado por tan gran similitud, Prometeo
quiso que se viera la superioridad de su propia obra.
Así pues introdujo las dos estatuas a un mismo tiempo en el horno.
Una vez completamente cocidas e infundido en ellas el soplo de la vida,
la sagrada Verdad avanzó con paso sosegado;
por el contrario, la figura mutilada quedó clavada en el sitio.
Por eso la falsa imagen, que era el producto de una obra furtiva,
recibió el nombre de Mentira.
Estoy de acuerdo con los que dicen que no tiene pies.


Algunos estudiosos piensan que en esta fábula de encuentra el origen de la antigua leyenda del Golem. En 1812 fue recuperada por Joachim von Arnim en su Isabel de Egipto. Pocos años más tarde, en 1816 un selecto grupo de ingleses que se encontraba en Suiza, a orillas del lago Léman, entretuvo su ociosidad leyendo en voz alta, al calor del fuego, las historias de un libro titulado Fantasmagoriana. Entre ellas se encontraba una versión del relato de von Arnim. Aquella misma noche uno de los presentes, Mary Shelley comenzó la redacción de su Frankenstein o el Moderno Prometeo.

Otras versiones del golem son las de E.T.A. (Los secretos, de 1820), U.D. Horn (Der Rabbi von Prag, de 1842) y, por supuesto, la de Gustav Meyrink (Der Golem, 1915) que fue llevada al cine en 1920 por Wegener.

Y en esas estamos, empeñados en crear seres superiores a nosotros. En cierta forma ya lo hemos conseguido. Hasta comienzos del siglo XX aún era creíble que el hombre fuera la medida de todas las cosas. Hoy no. Hoy el hombre es un ser medido por sus aparatos. De ahí que Günter Anders haya descrito a nuestra cultura por su “síndrome del complejo de Prometeo”: es el que estamos comenzando a sentir al contemplar las soberbia de nuestras máquinas.

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